Cerámica utilitaria en Coyoacán: barro, esmalte y uso diario
Cómo un taller de cerámica funcional equilibra producción, precio justo y resistencia al uso cotidiano
Publicado en el número de otoño · Lectura de 9 minutos
El taller de Cerámica Viveros trabaja en un local con puertas de madera al sur de Coyoacán. No hay vitrinas ni piezas de exhibición: lo que sale del horno cada semana son tazas, platos hondos y jarras que van directo a cocinas de casas cercanas. La maestra ceramista abre la jornada amasando el barro sobre una losa de concreto, un paso que parece rutinario pero define todo lo que viene después. Si el amasado deja burbujas de aire, la pieza revienta en la primera cocción y se pierde el trabajo de torneado completo.
El barro que usan llega de Tláhuac en costales húmedos. Según explica, esa arcilla da un tono cálido, entre arena y canela, distinto al gris frío de otras regiones del valle. La diferencia no es solo estética: la plasticidad del barro local tolera mejor el torneado de paredes delgadas, algo indispensable en una taza que debe ser ligera pero no frágil. Después del torneado, cada pieza reposa boca abajo entre cuatro y seis días. El secado lento es la parte que menos se ve y la que más veces arruina un lote entero cuando se acelera con ventilador.
Del bizcocho al esmalte sin plomo
La primera cocción, o bizcochado, se hace a temperatura media y deja la pieza porosa, lista para recibir el esmalte. Aquí el taller tomó una decisión que repite en cada visita guiada: todas sus fórmulas de esmalte están libres de plomo. La maestra prepara los baños pesando óxidos y feldespatos en una báscula de cocina, y prueba cada mezcla en probetas pequeñas antes de aplicarla a la vajilla. Un esmalte que se ve perfecto en la probeta puede correrse en una jarra alta, y esa falla solo aparece después de la cocción final a alta temperatura.
Sobre el precio, su lógica es sencilla aunque incómoda: cuenta horas de torneado, costo del barro, desgaste del horno y un margen que le permita reponer material. No cobra por pieza defectuosa, pero tampoco esconde las fallas menores. Una gota de esmalte en la base de un plato, una mancha de óxido en el borde de una taza, son aceptables en una vajilla que se usará todos los días y no en una pieza de vitrina. Lo que sí descarta sin discusión es cualquier grieta estructural o un esmalte que quede poroso y retenga restos de comida.
Tres pastas, tres usos distintos
En el taller conviven varias pastas cerámicas, y la elección depende del uso final de la pieza. Esta tabla resume lo que la maestra recomienda a quien empieza a producir vajilla utilitaria:
| Pasta | Comportamiento | Uso recomendado |
|---|---|---|
| Barro de Tláhuac | Cálido, plástico, tolera paredes delgadas | Tazas, jarras y platos de uso diario |
| Loza de alta temperatura | Densa, resistente al choque térmico | Fuentes de horno y piezas que van del frío al calor |
| Gres con chamota fina | Textura rugosa, muy resistente a golpes | Bases de taza, platos de restaurante, piezas de mucho trajín |
La cocción final sella el esmalte y define el color definitivo. La maestra revisa cada carga del horno con una libreta donde anota temperatura, tiempo y posición de las piezas. Esa bitácora le ha permitido repetir tonos que al principio salían por casualidad. Cuando una pieza se agrieta en esta etapa, no hay rescate posible: el barro ya vitrificó y el error se convierte en material de prueba para futuras mezclas.